miércoles, 3 de diciembre de 2014

La caja


Cada vez que cierra el arcón rememora aquella infancia reducida a malcomer, dormir en posición fetal y hacer sus necesidades encerrado entre cuatro paredes. Jamás olvidará aquel olor a madera vieja, la oscuridad y el sonido amortiguado de la vida allá afuera, donde esperaban los monstruos. Cuando salía, entumecido y cegado, le retumbaban los gritos roncos de su madrastra, acompañados por las risas de aquellos bastardos, que al menos nunca le llamaron hermano. Esa agonía deja marcas eternas, pero aprendió a ser fuerte. Por eso jamás escucha las súplicas de los niños del barrio cuando les echa el cerrojo.


3 comentarios:

  1. Las circunstancias le hicieron duro, fuerte, como para no escuchar las súplicas de los niños del barrio cuando les echa el cerrojo..
    Muy bien cerrado este micro.

    Un saludo indio
    Mitakuye oyasin

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  2. Uf..durísimo testimonio de un pasado que regurgita dolor en ele presente. Yo tampoco dejaría que nadie abriera el arcón de las pesadillas sin digerir. La diferencia es que no dejaría que ningún vecinito pudiera ni asomarse al abismo de la caja.

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